A veces no buscas la sustancia: buscas cambiar cómo te sientes
Fumar para relajarte.
Tomar café para arrancar.
Beber alcohol para soltarte.
Comer algo dulce después de un día agotador.
Consumir cannabis para desconectar.
A primera vista parecen conductas completamente diferentes.
Sustancias distintas.
Personas distintas.
Contextos distintos.
Pero pueden compartir una función:
Modificar rápidamente nuestro estado interno.
Comprender esa función cambia bastante la manera de mirar el consumo.
No siempre buscamos placer
Cuando hablamos de sustancias solemos reducir la conversación a dos conceptos:
Placer y adicción.
Pero el comportamiento humano es más complejo.
Nuestro cerebro intenta mantener un estado que nos permita responder a lo que estamos viviendo.
Cuando estamos cansados, buscamos activarnos.
Cuando estamos tensos, buscamos relajarnos.
Cuando estamos aburridos, buscamos estimulación.
Cuando estamos emocionalmente saturados, buscamos desconectar.
Cuando nos sentimos incómodos en una situación social, buscamos sentirnos más seguros.
Si descubrimos algo capaz de producir rápidamente ese cambio, el cerebro puede aprender a repetirlo.
Ahí pueden aparecer las sustancias.
Sustancias diferentes, funciones parecidas
La cafeína bloquea principalmente receptores de adenosina y puede reducir temporalmente la sensación de sueño.
La nicotina activa receptores nicotínicos de acetilcolina y modifica circuitos relacionados con la atención, la activación y la recompensa.
El alcohol puede disminuir el control inhibitorio, alterar el juicio y reducir temporalmente algunas sensaciones de tensión.
El cannabis modifica la señalización del sistema endocannabinoide y puede cambiar la percepción, el estado emocional y la experiencia corporal. Sus efectos son variables. En algunas personas produce relajación y en otras puede provocar ansiedad, pánico o malestar.
Son mecanismos diferentes.
También tienen riesgos, potenciales de dependencia y efectos sobre la salud diferentes.
Encontrar una función común no significa que el café, el tabaco, el alcohol, el cannabis y la comida sean equivalentes.
Significa que, desde el punto de vista de la conducta, todos pueden utilizarse para intentar cambiar cómo nos sentimos.
El cerebro aprende qué produce alivio
Imagina una persona que termina cada jornada laboral completamente saturada.
Llega a casa.
Se sirve una cerveza.
A los pocos minutos siente que disminuye la tensión.
Al día siguiente ocurre algo parecido.
Y al siguiente también.
El cerebro comienza a establecer una asociación:
Tensión, consumo y alivio.
No hace falta que exista inicialmente una adicción.
Ha ocurrido un aprendizaje.
El sistema nervioso ha encontrado una herramienta rápida para modificar un estado desagradable.
El problema aparece cuando esa herramienta se convierte en la principal o en la única forma disponible de regulación.
Con el tabaco aparece una paradoja
Muchas personas describen el cigarrillo como algo que las relaja.
Y subjetivamente puede sentirse así.
Pero cuando existe dependencia, entre cigarrillos pueden aparecer síntomas de abstinencia:
irritabilidad;
inquietud;
dificultad para concentrarse;
ansiedad;
deseo intenso de fumar.
Entonces la persona fuma.
Los síntomas disminuyen temporalmente.
Y el cerebro interpreta:
“El cigarrillo me calma.”
Pero parte de ese alivio puede consistir en reducir el malestar producido por la propia dependencia a la nicotina.
Se forma un circuito:
Malestar, consumo, alivio, adaptación, nuevo malestar y nuevo consumo.
La herramienta que parecía regular el sistema termina participando en la aparición del malestar que promete aliviar.
¿Entonces consumir es un síntoma?
No exactamente.
Consumir es una conducta.
Pero una conducta puede contener información.
Puede hablarnos de:
ansiedad;
agotamiento;
aburrimiento;
necesidad de estimulación;
dificultad para hacer pausas;
presión social;
insomnio;
rituales;
estrés mantenido;
o una dependencia que ya se ha establecido.
Por eso, además de preguntar:
¿Cuánto consumes?
Puede ser útil preguntar:
¿Qué sientes justo antes de consumir?
Y después:
¿Qué esperas sentir después?
Las respuestas pueden ayudarnos a comprender la función que está cumpliendo la conducta.
Comprenderla no significa justificarla.
Significa obtener información útil para poder cambiarla.
El contexto también consume con nosotros
Las sustancias no aparecen en el vacío.
Aparecen dentro de una vida.
Una persona puede dormir poco, trabajar diez horas, vivir bajo presión económica, moverse poco, tener escasas relaciones significativas y casi ningún espacio para descansar.
Después nos sorprendemos porque necesita varios cafés para funcionar durante el día y alcohol para desconectar por la noche.
Esto no convierte esas sustancias en saludables.
Tampoco elimina la responsabilidad individual.
Pero nos obliga a ampliar la pregunta.
Quizá el problema no sea únicamente qué está consumiendo esa persona.
También deberíamos preguntarnos:
¿Qué tipo de vida necesita ser compensada constantemente mediante sustancias?
Si no observamos el contexto, podemos intentar eliminar la conducta sin tocar aquello que la mantiene.
Quitar la sustancia no elimina automáticamente la necesidad
Cuando una conducta está perjudicando la salud, reducirla o eliminarla puede ser necesario.
Pero existe una segunda parte del trabajo:
Entender qué función cumplía.
Si alguien utilizaba el cigarrillo para hacer cinco pausas durante su jornada laboral y solamente eliminamos el cigarrillo, quizá también hemos eliminado sus únicas cinco pausas.
Si alguien utilizaba alcohol para disminuir su ansiedad social, dejar de beber no enseña automáticamente al cerebro a sentirse seguro relacionándose.
Si una persona necesita grandes cantidades de cafeína para mantenerse despierta, quizá también deberíamos revisar cómo está durmiendo.
Si utiliza cannabis todas las noches para desconectar, conviene explorar qué le impide hacerlo sin consumir.
La pregunta no debería ser únicamente:
¿Cómo quitamos esto?
También:
¿Qué necesidad estaba intentando cubrir?
Comprender tampoco debe convertirse en una excusa
Existe un riesgo en este enfoque.
Podemos encontrar una explicación tan convincente para el consumo que terminemos utilizándola para no cambiar nada.
“Bebo porque estoy estresado.”
“Fumo porque necesito pausas.”
“Consumo cannabis porque no puedo dormir.”
La explicación puede ser cierta.
Pero una conducta puede tener sentido y seguir siendo perjudicial.
Comprender su función sirve para diseñar una intervención mejor, no para negar sus consecuencias.
Ampliar las formas de regulación
Nuestro organismo puede modificar su estado mediante diferentes experiencias:
sueño;
movimiento;
descanso;
contacto social;
alimentación;
luz natural;
respiración;
juego;
actividades agradables;
espacios de silencio;
sensación de seguridad;
y resolución de los problemas que mantienen la tensión.
Ninguna de estas herramientas produce necesariamente el cambio inmediato que puede generar una sustancia.
Ahí está parte de la dificultad.
Las sustancias pueden funcionar como atajos rápidos.
Dormir mejor requiere tiempo.
Mejorar una relación requiere conversaciones.
Cambiar unas condiciones laborales exige decisiones.
Aprender a tolerar una emoción requiere práctica.
Abrir una botella, encender un cigarrillo o preparar otro café puede modificar el estado en pocos minutos.
Por eso no basta con decirle a una persona que tenga más fuerza de voluntad.
Necesita alternativas que puedan cumplir, al menos parcialmente, la función que cumplía el consumo.
Reducir daños también es avanzar
No todas las personas están preparadas para abandonar una sustancia inmediatamente.
En algunos casos, reducir la cantidad, evitar mezclas peligrosas, no conducir, espaciar el consumo o dejar de utilizarla en determinados contextos puede disminuir riesgos mientras se construye un cambio más amplio.
La reducción de daños no significa afirmar que el consumo sea seguro.
Significa reconocer que disminuir un riesgo también puede ser un objetivo clínico válido.
En el caso del tabaco, abandonar el consumo aporta beneficios a cualquier edad y existen tratamientos farmacológicos y conductuales que pueden aumentar las probabilidades de conseguirlo.
Cuando existe dependencia física del alcohol, suspenderlo bruscamente puede ser peligroso y debería hacerse con orientación sanitaria.
Cuándo conviene pedir ayuda
Puede ser momento de consultar cuando una persona:
necesita consumir para funcionar, dormir o relacionarse;
utiliza más cantidad de la que había decidido;
intenta reducir el consumo y no lo consigue;
desarrolla tolerancia;
presenta síntomas de abstinencia;
oculta cuánto consume;
continúa a pesar de consecuencias familiares, laborales o médicas;
o siente que la sustancia se ha convertido en su principal forma de afrontar el malestar.
Esto no exige esperar a tocar fondo.
El médico de familia puede realizar una primera valoración y orientar hacia los recursos adecuados. El Plan Nacional sobre Drogas también dispone de información sobre centros de atención a las adicciones en España.
Tal vez la pregunta sea otra
Cuando vemos a alguien fumar, beber, consumir cannabis o vivir agarrado a una taza de café, resulta fácil juzgar la conducta desde fuera.
Pero podemos hacer una pregunta más útil:
¿Qué está intentando regular esa persona?
No para justificar el consumo.
No para negar sus riesgos.
Sino para comprender qué mantiene la conducta.
Detrás de algunas acciones aparentemente irracionales puede existir un organismo intentando resolver un problema con la herramienta más rápida que ha aprendido a utilizar.
Algunas veces el problema no es que el cuerpo intente regularse.
El problema es la herramienta de la que ha aprendido a depender.
Sobre el autor
El Dr. Eduardo Chávez es médico venezolano residente en España y creador de Medicina con Coherencia. Divulga sobre fisiología, medicina clínica y estilo de vida para ayudar a comprender mejor el cuerpo y tomar decisiones de salud con criterio.
La salud no se impone, se comprende.
Este artículo tiene finalidad informativa y educativa. No sustituye una valoración médica individual.
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