Tu intestino y tu cerebro llevan toda la vida hablando

Hay personas que sienten nervios y corren al baño.

Otras pierden completamente el apetito cuando están preocupadas.

Algunas sienten un nudo en el estómago antes de una conversación difícil.

También puede ocurrir al contrario. Hay días en los que algo no funciona bien en el aparato digestivo y tampoco nos sentimos igual de despejados, tranquilos o enérgicos.

No es imaginación.

El cerebro y el aparato digestivo mantienen una comunicación constante.

Esa relación tiene un nombre:

Eje cerebro-intestino.

Pero reducirla a la frase “el intestino es nuestro segundo cerebro” se queda bastante corto.

La realidad es mucho más interesante.

El intestino no trabaja solo

Cuando pensamos en el aparato digestivo solemos imaginar una especie de tubería.

Comemos.

Digerimos.

Absorbemos.

Eliminamos.

Sin embargo, dentro de su pared existe una extensa red neuronal llamada sistema nervioso entérico.

Millones de neuronas participan en la coordinación de la motilidad intestinal, las secreciones, el flujo sanguíneo y otras funciones digestivas sin que tengamos que dirigirlas conscientemente.

Tu intestino lleva toda la vida trabajando mientras tú haces otras cosas.

Pero ese sistema no está aislado.

Se comunica con el sistema nervioso central, con el sistema inmunitario, con señales hormonales y con numerosos productos del metabolismo.

El nervio vago: una de las vías de comunicación

El nervio vago es una de las principales conexiones entre las vísceras y el cerebro.

Aunque solemos imaginar que el cerebro envía órdenes hacia el cuerpo, una gran proporción de las fibras vagales transporta información en sentido contrario.

El cerebro recibe continuamente señales procedentes del interior del organismo.

Distensión.

Presencia de nutrientes.

Motilidad.

Señales químicas.

Estado metabólico.

El cerebro no dirige el cuerpo desde una torre de control completamente separada.

Recibe información del organismo, la integra y modifica sus respuestas.

Algunos experimentos han identificado incluso circuitos capaces de comunicar rápidamente la presencia de nutrientes en el intestino con regiones del tronco cerebral. Buena parte de esta investigación mecanística se ha realizado en animales, por lo que no debemos trasladar automáticamente todos sus resultados a seres humanos.

Cuando el estrés llega al intestino

Una preocupación importante puede modificar la digestión en cuestión de minutos.

Cuando el sistema nervioso interpreta que existe una amenaza, puede cambiar la motilidad intestinal, las secreciones, el apetito y la percepción de las sensaciones procedentes del aparato digestivo.

Por eso algunas personas presentan diarrea antes de una situación estresante.

Otras desarrollan estreñimiento.

Otras sienten náuseas, dolor abdominal o pérdida de apetito.

Esto no significa que todo esté en la cabeza.

Significa que el aparato digestivo responde al estado del sistema nervioso.

También significa que un síntoma puede ser completamente real aunque no aparezca una lesión visible en una prueba de imagen.

La conversación también ocurre en sentido contrario

El intestino puede enviar información capaz de influir en el sistema nervioso mediante diferentes vías.

La vía nerviosa

El sistema nervioso entérico, el sistema nervioso autónomo y el nervio vago participan en la transmisión de información entre las vísceras y el cerebro.

La vía inmunológica

La mucosa intestinal mantiene una relación constante con alimentos, microorganismos y sustancias procedentes del exterior.

Las respuestas inmunitarias generadas en este entorno pueden producir señales que no permanecen necesariamente limitadas al intestino.

Esto no significa que cualquier síntoma digestivo o psicológico sea consecuencia de una supuesta inflamación intestinal.

Significa que el sistema inmunitario también participa en la comunicación.

La vía hormonal

El aparato digestivo produce señales hormonales relacionadas con el hambre, la saciedad, la motilidad y el metabolismo.

Entre ellas se encuentran el GLP-1, la colecistoquinina, la grelina y el péptido YY.

Cada vez que comemos, el intestino detecta nutrientes y envía información que ayuda al organismo a decidir cómo responder.

Por eso el hambre y la saciedad no dependen exclusivamente de la fuerza de voluntad.

Son procesos biológicos regulados.

La vía metabólica

Las bacterias intestinales transforman componentes de los alimentos y producen distintos metabolitos.

Entre ellos se encuentran los ácidos grasos de cadena corta, generados durante la fermentación de determinadas fibras.

También existen interacciones con el metabolismo del triptófano y otras moléculas capaces de participar en señales nerviosas, inmunológicas y metabólicas.

Todavía estamos intentando comprender qué importancia clínica tiene cada una de estas vías en personas concretas.

La serotonina del intestino no viaja simplemente al cerebro

Se repite con frecuencia que la mayor parte de la serotonina se produce en el intestino.

Esto es cierto, pero suele interpretarse mal.

La serotonina intestinal participa principalmente en funciones locales y periféricas, como la motilidad. No atraviesa libremente la barrera hematoencefálica para llegar al cerebro y producir felicidad.

El intestino y la microbiota pueden influir en el metabolismo del triptófano y en otras señales relacionadas con el sistema nervioso.

Pero afirmar que un alimento o un probiótico aumenta directamente la serotonina cerebral es una simplificación que la evidencia disponible no permite sostener de esa manera.

¿Entonces la microbiota controla nuestro cerebro?

Aquí conviene frenar un poco.

Internet ha convertido la microbiota en una explicación universal para la ansiedad, la depresión, el autismo, la obesidad, la fatiga y casi cualquier enfermedad que uno pueda imaginar.

La microbiota participa en el eje cerebro-intestino.

Eso no significa que lo controle todo.

Tampoco significa que cada persona con ansiedad, dolor abdominal o fatiga tenga una disbiosis.

De hecho, el término disbiosis describe una alteración en la comunidad microbiana, pero no siempre sabemos qué composición debe considerarse normal para una persona concreta ni si el cambio observado es causa, consecuencia o simplemente una asociación.

También debemos recordar que muchos hallazgos sobre microbiota y comportamiento proceden de modelos animales.

Son investigaciones importantes para descubrir mecanismos, pero no demuestran automáticamente que modificar una bacteria produzca el mismo resultado clínico en seres humanos.

Lo mismo ocurre con los probióticos.

Sus efectos dependen de la cepa, la dosis, el problema estudiado y las características de la persona. No podemos hablar de ellos como si todos fueran equivalentes.

La microbiota es fascinante.

Precisamente por eso merece ser explicada sin convertirla en magia.

El síndrome del intestino irritable es un buen ejemplo

Durante años, muchas personas con síndrome del intestino irritable escucharon algo parecido a:

“No tienes nada.”

Porque sus pruebas no mostraban una lesión estructural evidente.

Pero una prueba normal no significa que el síntoma sea inventado.

El síndrome del intestino irritable se considera actualmente un trastorno de la interacción intestino-cerebro.

Pueden participar distintos mecanismos:

  • alteraciones de la motilidad;

  • hipersensibilidad visceral;

  • procesamiento cerebral del dolor;

  • señales inmunológicas;

  • microbiota;

  • alimentación;

  • sueño;

  • estrés;

  • experiencias previas;

  • y factores psicológicos o sociales.

No todas estas variables están presentes con la misma intensidad en todas las personas.

No existe necesariamente una causa única.

Por eso tampoco existe una solución universal.

El sueño también entra en la conversación

Dormir mal no afecta únicamente a cómo nos sentimos al día siguiente.

Los ritmos circadianos participan en la regulación de la motilidad, las secreciones, el metabolismo y las señales relacionadas con el hambre.

La microbiota también presenta variaciones a lo largo del día relacionadas, entre otros factores, con los horarios de alimentación.

Esto no significa que cambiar la hora de las comidas cure una enfermedad digestiva.

Significa que el aparato digestivo también funciona dentro de una organización temporal.

Nuestro cuerpo no está organizado solamente por órganos.

También está organizado por ritmos.

¿Qué podemos modificar?

Comprender el eje cerebro-intestino no debería llevarnos a comprar automáticamente un probiótico o comenzar una dieta extremadamente restrictiva.

Dependiendo del problema, puede tener sentido revisar:

  • los alimentos relacionados con los síntomas;

  • la cantidad y el tipo de fibra;

  • los horarios y la velocidad al comer;

  • el sueño;

  • la actividad física;

  • los medicamentos;

  • el consumo de alcohol;

  • el estrés;

  • y los antecedentes de infecciones digestivas.

Pero estas variables deben interpretarse dentro de una historia clínica.

Eliminar numerosos alimentos sin una indicación clara puede empeorar la calidad de la dieta, aumentar el miedo a comer y dificultar la identificación del verdadero problema.

Cuidado: no todo es el eje cerebro-intestino

Esta parte es fundamental.

El dolor abdominal persistente, la pérdida involuntaria de peso, la presencia de sangre en las heces, la anemia, la fiebre, los vómitos persistentes, la diarrea nocturna o un cambio importante y mantenido del ritmo intestinal requieren valoración médica.

También importan la edad, los antecedentes familiares y la evolución de los síntomas.

Existen enfermedades orgánicas que deben considerarse según cada caso:

  • enfermedad inflamatoria intestinal;

  • enfermedad celíaca;

  • infecciones;

  • úlceras;

  • enfermedades pancreáticas;

  • alteraciones hepatobiliares;

  • y cáncer colorrectal.

Hablar del eje cerebro-intestino nunca debe convertirse en una excusa para atribuir cualquier síntoma al estrés.

Primero hay que valorar qué está ocurriendo.

Después podemos intentar comprender qué factores están participando.

El cuerpo no funciona por departamentos

La medicina divide el organismo para poder estudiarlo.

Digestivo.

Neurología.

Endocrinología.

Psiquiatría.

Inmunología.

Pero el cuerpo funciona como un sistema.

El cerebro modifica al intestino.

El intestino informa al cerebro.

El sistema inmunitario participa.

Las hormonas participan.

La microbiota participa.

El entorno y nuestra conducta también pueden participar.

Comprender estas relaciones amplía las preguntas que podemos hacer.

No sustituye el diagnóstico ni convierte todos los síntomas en manifestaciones de un mismo problema.

La idea no es explicar todo mediante el eje cerebro-intestino.

La idea es recordar que ningún órgano vive completamente aislado del resto del cuerpo.

Y ese es uno de los lugares donde comienza la Medicina con Coherencia.

Sobre el autor

El Dr. Eduardo Chávez es médico venezolano residente en España y creador de Medicina con Coherencia. Divulga sobre fisiología, medicina clínica y estilo de vida para ayudar a comprender mejor el cuerpo y tomar decisiones de salud con criterio.

La salud no se impone, se comprende.

Este artículo tiene finalidad informativa y educativa. No sustituye una valoración médica individual.

Referencias seleccionadas

Comentarios