¿Y si para entender el cuerpo empezáramos antes que por los órganos?

Durante años estudié el cuerpo humano como lo hacemos prácticamente todos los médicos:

Anatomía.

Fisiología.

Bioquímica.

Órganos.

Aparatos.

Enfermedades.

Diagnósticos.

Tratamientos.

El corazón en un capítulo. El pulmón en otro. El riñón unas cuantas páginas después.

Esta forma de organizar el conocimiento es necesaria. Para comprender una estructura compleja, muchas veces tenemos que dividirla en partes.

El problema aparece cuando olvidamos volver a unirlas.

Con el tiempo empecé a hacerme una pregunta diferente:

¿Y si para comprender mejor los órganos necesitáramos comenzar por los problemas que cada uno intenta resolver?

Porque el organismo no inventó sus propias reglas.

Un corazón puede aumentar su frecuencia, hipertrofiarse o perder capacidad para bombear, pero no puede ignorar las leyes que gobiernan el movimiento de un líquido.

Un pulmón puede modificar su ventilación, pero el oxígeno continuará desplazándose siguiendo gradientes.

Una neurona puede transmitir información a gran velocidad, pero para hacerlo necesita mantener diferencias de concentración de sodio, potasio, calcio y otros iones a ambos lados de su membrana.

La vida es extraordinariamente compleja.

Pero toda esa complejidad ocurre dentro de las mismas leyes físicas y químicas que gobiernan el resto de la naturaleza.

Antes del órgano está el problema

Nuestro organismo necesita:

  • obtener y transformar energía;
  • intercambiar materia con el exterior;
  • transportar oxígeno y nutrientes;
  • eliminar productos de desecho;
  • mantener estable su medio interno;
  • detectar cambios;
  • coordinar respuestas;
  • defenderse;
  • reparar daños;
  • adaptarse a un entorno variable.

Los órganos pueden entenderse como soluciones biológicas desarrolladas para responder a esos problemas.

El corazón y los vasos forman un sistema de transporte.

Los pulmones permiten intercambiar gases con el exterior.

Los riñones regulan continuamente la composición del medio interno.

El aparato digestivo permite incorporar materia y energía.

El sistema nervioso detecta información, la integra y coordina respuestas.

El sistema inmunitario participa en la defensa, la contención del daño y la reparación.

Esto no significa que un órgano tenga una única función ni que haya sido diseñado deliberadamente para cumplirla.

Significa que la evolución ha conservado estructuras capaces de resolver problemas compatibles con la supervivencia y la reproducción.

Visto así, los órganos dejan de parecer piezas aisladas de un catálogo.

Empiezan a formar parte de una misma historia.

Vivir exige mantener diferencias

Los sistemas físicos tienden hacia el equilibrio. Sin embargo, una célula viva necesita mantener un estado organizado lejos del equilibrio termodinámico.

Conserva mucho sodio fuera y mucho potasio dentro.

Mantiene concentraciones muy bajas de calcio libre en su citoplasma.

Sostiene diferencias eléctricas entre ambos lados de su membrana.

Produce y utiliza continuamente moléculas capaces de transferir energía.

Nada de esto ocurre gratuitamente.

Mantener esos gradientes requiere un aporte constante de energía y una red de mecanismos reguladores. Si la célula deja de producir energía suficiente, esas diferencias comienzan a deteriorarse.

Cuando la organización se pierde por completo, también desaparece la capacidad de aquella célula para mantenerse viva.

Por eso podemos mirar el metabolismo de otra manera.

No solamente como una lista interminable de reacciones químicas, sino como parte del coste de mantener organizada la vida.

El pulmón: una solución biológica a un problema físico

Pensemos en un alvéolo.

Es una estructura microscópica llena de gas y recubierta por una fina película líquida. Las moléculas de esa película ejercen una tensión superficial que favorece la reducción de su superficie.

En un modelo simplificado, la ley de Laplace ayuda a explicar por qué una estructura pequeña sometida a determinada tensión superficial necesitaría una presión mayor para mantenerse abierta.

Esto podría representar un problema para los alvéolos de menor tamaño.

El organismo dispone de una solución: el surfactante pulmonar.

El surfactante disminuye la tensión superficial. Cuando el alvéolo reduce su tamaño, sus moléculas se concentran y ayudan a limitar el aumento de presión necesario para mantenerlo abierto.

De esta manera reduce la tendencia al colapso y el trabajo necesario para expandir los pulmones durante la respiración.

La realidad pulmonar es más compleja que un conjunto de esferas independientes. Los alvéolos comparten paredes, se sostienen entre sí y cambian de forma durante la respiración.

Aun así, el modelo nos permite comprender una idea fundamental:

Lo que alguna vez memorizamos como “el surfactante evita el colapso alveolar” representa una respuesta biológica a un problema físico.

Cuando entendemos el problema, resulta mucho más fácil recordar la solución.

La circulación también obedece a restricciones físicas

El movimiento de la sangre depende, entre otros factores, de la diferencia de presión y de la resistencia que encuentra durante su recorrido.

En condiciones ideales, la ley de Poiseuille muestra que la resistencia cambia de forma muy sensible cuando cambia el radio de un conducto.

Por eso una modificación relativamente pequeña del calibre de una arteriola puede alterar considerablemente el flujo de sangre que recibe un tejido.

La circulación humana es más compleja que ese modelo: los vasos no son tubos rígidos, la sangre no se comporta siempre como un líquido simple y el flujo no permanece idéntico en todo el sistema.

Pero la aproximación permite comprender por qué las arteriolas tienen tanta capacidad para distribuir el flujo sanguíneo.

No es una casualidad anatómica.

Es biología trabajando dentro de restricciones físicas.

El oxígeno no necesita que el pulmón lo empuje

El oxígeno atraviesa la barrera entre el alvéolo y la sangre principalmente por difusión.

La ley de Fick nos ayuda a comprender que la cantidad de una sustancia que atraviesa una superficie depende de factores como:

  • el área disponible;
  • la diferencia de concentración o presión parcial;
  • y la distancia que debe recorrer.

Entonces algunas enfermedades respiratorias empiezan a tener más sentido.

Si disminuye la superficie de intercambio, como puede ocurrir en el enfisema, la transferencia de gases se dificulta.

Si aumenta el grosor de la barrera, como sucede en determinadas enfermedades intersticiales, la difusión también puede empeorar.

De nuevo aparece la misma secuencia:

Primero, una restricción física.

Después, una solución fisiológica.

Finalmente, una forma de comprender la enfermedad.

Los síntomas tampoco pertenecen a un solo órgano

Esta manera de pensar también cambia la forma de estudiar los síntomas.

La fatiga no pertenece exclusivamente a una especialidad.

La disnea tampoco.

El dolor, mucho menos.

Un síntoma es una experiencia producida por procesos que pueden desarrollarse en diferentes escalas y sistemas del organismo.

Ante una persona con fatiga podríamos preguntar:

¿Existe un problema para transportar oxígeno?

¿Puede el tejido utilizar adecuadamente los sustratos energéticos?

¿Hay anemia, infección, inflamación o una alteración endocrina?

¿Está tomando algún medicamento que pueda contribuir?

¿Está durmiendo lo suficiente?

¿Ha cambiado su alimentación, su actividad física o su estado emocional?

¿Está el cerebro modificando la percepción del esfuerzo como parte de una respuesta protectora?

Estas preguntas no sustituyen la historia clínica, la exploración, las pruebas complementarias ni el diagnóstico médico.

Ayudan a organizarlos.

Pensar en mecanismos no significa concluir que todo síntoma tenga una explicación sencilla o que pueda corregirse únicamente mediante hábitos.

Significa construir mejores preguntas antes de aceptar una explicación.

Dividir para estudiar, integrar para comprender

No necesitamos abandonar la enseñanza por órganos.

Necesitamos complementarla.

Podemos estudiar el corazón y, al mismo tiempo, preguntarnos cómo transporta materia un organismo.

Podemos estudiar el pulmón y preguntarnos cómo se intercambian gases con el exterior.

Podemos estudiar el riñón y preguntarnos cómo se mantiene estable la composición del medio interno.

Podemos estudiar el sistema nervioso y preguntarnos cómo se detecta, transmite e integra la información.

Entonces aparecen algunos conceptos que atraviesan todo el organismo:

Energía.

Gradientes.

Flujo.

Intercambio.

Información.

Regulación.

Adaptación.

Defensa.

Reparación.

Después podemos regresar a los órganos y observarlos con una mirada distinta.

Ya no como departamentos independientes, sino como componentes de un sistema vivo que transforma energía, mueve materia, transmite información y se adapta continuamente para conservar su organización.

Quizá no estemos estudiando el cuerpo humano al revés.

Pero algunas veces empezamos la explicación unos capítulos demasiado tarde.

Y cuando volvemos a las preguntas fundamentales, estudiar medicina deja de parecer la memorización de un catálogo.

Empieza a parecer el estudio de la vida.


Sobre el autor

El Dr. Eduardo Chávez es médico venezolano residente en España y creador de Medicina con Coherencia. Divulga sobre fisiología, medicina clínica y estilo de vida para ayudar a comprender mejor el cuerpo y tomar decisiones de salud con criterio.

La salud no se impone, se comprende.


Para profundizar

  • Guyton and Hall, Textbook of Medical Physiology.
  • Boron and Boulpaep, Medical Physiology.
  • West, Respiratory Physiology: The Essentials.

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