La ciencia no es perfecta. Por eso puede corregirse.

Vivimos en una época extraordinaria.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información sobre el cuerpo humano. Y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil confundir una opinión, un titular o un vídeo convincente con evidencia científica.

Ante esta contradicción suelen aparecer dos posiciones.

Una considera que la ciencia ofrece respuestas definitivas que no deben cuestionarse.

La otra interpreta cualquier error o cambio de recomendación como una demostración de que la ciencia no merece confianza.

Pero ambas confunden lo que la ciencia intenta hacer.

La ciencia no es un sistema para garantizar que nunca nos equivoquemos. Es una forma organizada de detectar errores, contrastar explicaciones y mejorar progresivamente lo que sabemos.

Su fortaleza no consiste en permanecer inmutable.

Consiste en poder corregirse.

La ciencia no es una verdad terminada

Cuando hablamos de ciencia, no hablamos de un libro que ya contiene todas las respuestas.

Hablamos de un proceso.

Observamos un fenómeno, formulamos preguntas, proponemos explicaciones y buscamos maneras de comprobar si esas explicaciones resisten el contraste con la realidad.

Después aparecen nuevos datos.

A veces confirman lo que pensábamos. Otras veces obligan a introducir matices. Y, en determinadas ocasiones, muestran que nuestra explicación era insuficiente o estaba equivocada.

Eso no convierte todo conocimiento en provisional de la misma manera.

Existen conclusiones respaldadas por múltiples líneas de evidencia y otras que apenas comienzan a investigarse. No tienen el mismo grado de incertidumbre ni merecen la misma confianza.

Aceptar que podemos equivocarnos no significa asumir que cualquier explicación vale lo mismo.

Significa ajustar nuestra confianza a la calidad de las pruebas disponibles.

Método, evidencia y consenso no son lo mismo

Estas tres palabras suelen utilizarse como si fueran intercambiables, pero conviene distinguirlas.

El método científico reúne formas de investigar preguntas de manera sistemática, hacer explícitos los procedimientos y someter los resultados a revisión.

La evidencia es la información obtenida mediante esa investigación. Su valor depende de cómo se haya producido, de sus limitaciones y de su relación con la pregunta que queremos responder.

El consenso es el grado de acuerdo que existe entre especialistas después de valorar el conjunto del conocimiento disponible.

Un consenso sólido merece consideración.

Pero no sustituye a la evidencia ni convierte a sus participantes en personas incapaces de equivocarse.

Del mismo modo, discrepar de un consenso no demuestra independencia intelectual ni convierte automáticamente una idea en revolucionaria.

Una explicación diferente también tiene que responder preguntas:

¿Qué propone exactamente?

¿En qué pruebas se apoya?

¿Qué observación permitiría demostrar que está equivocada?

¿Explica los datos mejor que las alternativas?

Cuestionar es necesario. Cuestionar con rigor exige algo más que expresar desacuerdo.

Cuando una recomendación cambia

Una recomendación puede cambiar porque aparecen estudios mejores, se identifican riesgos desconocidos o se comprende que los resultados no se aplicaban por igual a todas las personas.

También puede cambiar porque la pregunta original estaba mal planteada.

En medicina, además, las decisiones no dependen exclusivamente de saber si una intervención produce algún efecto.

Importa cuánto beneficio ofrece, qué riesgos tiene, frente a qué alternativa se compara y en qué personas se ha estudiado.

Una intervención puede resultar útil en un contexto y poco razonable en otro.

Por eso una recomendación revisada no demuestra necesariamente que antes hubiera engaño. Puede reflejar una mejora del conocimiento.

Sin embargo, tampoco debemos utilizar esa explicación para justificar cualquier error.

Cuando una conclusión se comunicó con más certeza de la que permitían los datos, corresponde reconocerlo.

Corregirse también implica explicar qué cambió y por qué.

La ciencia también es una actividad humana

La investigación la realizan personas y organizaciones.

Existen intereses económicos, incentivos profesionales, sesgos, conflictos de interés, errores metodológicos y presión por publicar resultados llamativos.

Ignorar estos problemas sería ingenuo.

Pero reconocerlos no permite concluir que toda investigación esté manipulada ni que toda explicación alternativa sea más fiable.

Los intereses también existen fuera de las universidades, las revistas científicas y la industria farmacéutica.

Una persona que vende suplementos, cursos o tratamientos puede tener incentivos para exagerar beneficios y minimizar incertidumbres.

La pregunta no debería ser solamente quién afirma algo.

También debemos preguntar cómo llegó a esa conclusión, si sus datos pueden examinarse y si otros investigadores han obtenido resultados compatibles.

La credibilidad no depende únicamente de una bata, un título o una gran audiencia.

Depende de la calidad de lo que se puede demostrar.

Distinguir lo que sabemos de lo que suponemos

En divulgación sanitaria conviene separar varias cosas que con frecuencia se mezclan.

Una observación describe algo que ocurrió.

Una asociación indica que dos variables aparecen relacionadas.

Una hipótesis propone una explicación.

Un mecanismo describe cómo podría producirse un efecto.

Una afirmación causal sostiene que un factor contribuye a producir otro.

Pasar de una de estas categorías a la siguiente requiere pruebas adicionales.

Que dos fenómenos aparezcan juntos no demuestra que uno cause el otro.

Que una intervención tenga un mecanismo plausible no garantiza que produzca un beneficio clínico relevante.

Y que una persona mejore después de un tratamiento no permite atribuir automáticamente toda la mejoría a ese tratamiento.

Podrían haber influido la evolución natural del problema, otras intervenciones, cambios de conducta o factores que todavía no hemos identificado.

Esto no invalida la experiencia personal.

La sitúa en su lugar: puede ser importante para esa persona y servir como punto de partida para investigar, pero no basta por sí sola para establecer una regla general.

Comprender fisiología ayuda, pero no lo demuestra todo

La fisiología permite conectar síntomas, órganos y procesos que muchas veces estudiamos por separado.

Esa mirada es el punto de partida del artículo ¿Y si para entender el cuerpo empezáramos antes que por los órganos?.

Sin embargo, una explicación fisiológica puede sonar convincente y seguir siendo incompleta.

El organismo contiene múltiples mecanismos que interactúan. Un efecto observado en una célula no siempre se reproduce del mismo modo en una persona. Y modificar un marcador no siempre equivale a mejorar la salud.

Por eso necesitamos conectar el razonamiento fisiológico con la investigación clínica.

El mecanismo ayuda a formular la pregunta.

La evidencia permite valorar hasta dónde podemos sostener la respuesta.

Esto es lo que entiendo hoy

En Medicina con Coherencia intento mantener una posición sencilla: curiosidad sin abandonar el método.

Podemos explorar ideas nuevas.

Podemos reconocer limitaciones en la práctica médica.

Podemos preguntar si existen mejores maneras de prevenir, diagnosticar, tratar o acompañar.

Pero también necesitamos distinguir entre lo demostrado, lo plausible, lo experimental y lo que todavía es especulación.

Decir “no lo sabemos” no significa renunciar a comprender.

Significa reconocer el punto desde el que tenemos que seguir investigando.

La honestidad intelectual también consiste en no llenar cada incertidumbre con una explicación atractiva.

Cambiar de opinión también forma parte del proceso

Es posible que dentro de algunos años relea uno de estos artículos y encuentre aspectos que expresaría de otra manera.

Espero que ocurra.

Significará que continué estudiando, que aparecieron mejores evidencias o que aprendí a formular preguntas más precisas.

No escribo para demostrar que tengo siempre la razón.

Escribo para compartir un proceso de comprensión que necesariamente continúa abierto.

La ciencia no nos ofrece certezas absolutas sobre todos los problemas. Nos ofrece una forma de reducir progresivamente nuestros errores y tomar decisiones mejor informadas.

No necesita obediencia ciega.

Tampoco rechazo automático.

Necesita comprensión, rigor, honestidad intelectual y disposición para corregir.

Porque comprender antes de corregir también implica estar dispuesto a corregir lo que creíamos comprender.

Sobre el autor

El Dr. Eduardo Chávez es médico venezolano residente en España y creador de Medicina con Coherencia. Divulga sobre fisiología, medicina clínica y estilo de vida para ayudar a comprender mejor el cuerpo y tomar decisiones de salud con criterio.

La salud no se impone, se comprende.

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