La ciencia no es perfecta. Por eso puede corregirse.
Vivimos en una época extraordinaria.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información sobre el cuerpo humano. Y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil confundir una opinión, un titular o un vídeo convincente con evidencia científica.
Ante esta confusión suelen aparecer dos posiciones:
“Hay que creer en la ciencia.”
O:
“La ciencia se equivoca.”
Pero ambas frases simplifican demasiado el problema.
La ciencia no es una persona, una doctrina ni un conjunto de respuestas que debamos aceptar mediante un acto de fe. Es una forma organizada de hacernos preguntas, contrastar explicaciones y corregirlas cuando la realidad no coincide con lo que esperábamos.
No es perfecta.
Precisamente por eso necesita un método que permita detectar sus propios errores.
La ciencia no es una verdad terminada
La ciencia no nació para confirmar lo que ya pensamos.
Nació para ponerlo a prueba.
En términos sencillos, el proceso consiste en:
observar un fenómeno;
formular una explicación posible;
plantear predicciones;
medir lo que ocurre;
comparar los resultados;
intentar reproducirlos;
revisar la explicación cuando sea necesario.
Este proceso ha permitido desarrollar antibióticos, vacunas, anestesia, técnicas quirúrgicas, diagnóstico por imagen y tratamientos que han transformado la medicina.
Pero su mayor fortaleza no consiste en acertar siempre.
Consiste en disponer de herramientas para descubrir cuándo una explicación es insuficiente, cuándo un resultado no puede reproducirse o cuándo una conclusión debe modificarse.
Un estudio puede estar mal diseñado.
Una muestra puede ser demasiado pequeña.
Una asociación puede confundirse con causalidad.
Un resultado estadísticamente significativo puede tener poca importancia clínica.
También puede aparecer información nueva que obligue a revisar lo que antes parecía razonable.
El error no fortalece automáticamente a la ciencia. Lo que la fortalece es la capacidad de detectar, reconocer y corregir ese error.
Método, evidencia y consenso no son lo mismo
Estas tres ideas suelen mezclarse, pero conviene diferenciarlas.
El método científico es el conjunto de procedimientos utilizados para investigar una pregunta de manera ordenada y contrastable.
La evidencia es la información obtenida mediante observaciones, experimentos, estudios clínicos y otras formas de investigación. No toda evidencia tiene la misma calidad ni permite extraer las mismas conclusiones.
El consenso científico es la interpretación compartida por una parte suficientemente amplia de la comunidad científica después de evaluar el conjunto de la evidencia disponible.
El consenso puede ser muy sólido o todavía provisional. Puede cambiar, pero no debería cambiar por una opinión aislada, sino porque aparecen mejores datos, mejores explicaciones o una evaluación más completa del problema.
Por eso una publicación científica no demuestra por sí sola que una afirmación sea cierta.
Hay que preguntar:
¿Cómo se diseñó el estudio?
¿En cuántas personas se realizó?
¿Qué se midió realmente?
¿El efecto observado es relevante?
¿Se ha reproducido?
¿Coincide con otros estudios?
¿Qué limitaciones reconocen los autores?
La frase “existe un estudio” debería ser el comienzo de la conversación, no necesariamente su conclusión.
Cuando una recomendación cambia
En medicina, algunas recomendaciones cambian con el tiempo.
Esto puede ocurrir porque aparece nueva evidencia, porque mejoran los métodos de investigación, porque se identifican efectos adversos que antes no eran visibles o porque comprendemos que una intervención funciona en unas personas, pero no necesariamente en todas.
También puede ocurrir porque la recomendación anterior se apoyaba en evidencia débil o fue interpretada con demasiada seguridad.
Por tanto, no todo cambio demuestra que “la ciencia funciona perfectamente”. Algunas veces muestra que anteriormente hubo errores, exceso de confianza, conflictos de interés o decisiones deficientes.
La cuestión importante es qué sucede después.
¿Se examinan los nuevos datos?
¿Se reconocen las limitaciones?
¿Se actualizan las recomendaciones?
¿Se comunica con claridad qué sabemos y qué continúa siendo incierto?
Modificar una conclusión cuando aparecen mejores evidencias no es una señal de debilidad intelectual.
Mantenerla únicamente para no reconocer un error sí puede serlo.
La ciencia también es una actividad humana
La investigación no ocurre fuera de la sociedad.
La realizan personas y organizaciones que pueden equivocarse, sufrir presiones, competir por financiación, interpretar selectivamente los resultados o comunicar con más seguridad de la que permiten los datos.
Existen conflictos de interés.
Existen publicaciones deficientes.
Existen titulares que exageran los hallazgos.
Existen decisiones políticas que utilizan la ciencia de manera selectiva.
Reconocer estos problemas no obliga a rechazar el método científico. Obliga a utilizarlo con mayor rigor y pensamiento crítico.
Cuestionar una afirmación científica no significa negar la ciencia.
La pregunta es cómo la cuestionamos.
No es lo mismo examinar el diseño de un estudio, su coherencia fisiológica y el conjunto de la evidencia que descartarlo porque contradice nuestra intuición o nuestras preferencias.
El pensamiento crítico debe poder dirigirse tanto hacia las instituciones como hacia nosotros mismos.
Distinguir lo que sabemos de lo que suponemos
Una de las responsabilidades más importantes al comunicar sobre salud es diferenciar entre:
lo demostrado;
lo probable;
lo plausible;
lo experimental;
lo especulativo.
Estas categorías no son equivalentes.
Una hipótesis puede ser fisiológicamente interesante sin haber demostrado beneficios clínicos.
Una asociación puede ser real sin que sepamos si existe causalidad.
Un mecanismo observado en células o animales puede no reproducirse en seres humanos.
Y una experiencia individual puede ser valiosa para quien la vive sin convertirse automáticamente en una recomendación universal.
La curiosidad es necesaria para avanzar.
Pero la curiosidad científica no consiste en creer cualquier idea novedosa. Consiste en estar dispuesto a investigarla sin otorgarle antes una certeza que todavía no posee.
Mente abierta. Método intacto.
Esto es lo que entiendo hoy
Cada artículo publicado en Medicina con Coherencia representa una fotografía de lo que comprendo en ese momento.
No pretende ser una verdad definitiva.
Mi compromiso es intentar explicar:
qué sabemos;
qué evidencias sostienen una afirmación;
qué mecanismos podrían explicarla;
qué limitaciones existen;
y qué todavía no sabemos.
Cuando la evidencia sea sólida, intentaré decirlo con claridad.
Cuando sea limitada, contradictoria o insuficiente, también.
Y cuando no exista una respuesta fiable, reconocerlo será más honesto que rellenar el vacío con una explicación atractiva.
Decir “no lo sé” no hace más pequeño a un profesional.
Puede hacerlo más fiable.
Cambiar de opinión también forma parte del proceso
Es posible que dentro de algunos años relea uno de estos artículos y encuentre aspectos que expresaría de otra manera.
Espero que ocurra.
Significará que continué estudiando, que aparecieron mejores evidencias o que aprendí a formular preguntas más precisas.
No escribo para demostrar que tengo siempre la razón.
Escribo para compartir un proceso de comprensión que necesariamente continúa abierto.
La ciencia no nos ofrece certezas absolutas sobre todos los problemas. Nos ofrece algo más útil: una forma de reducir progresivamente nuestros errores y tomar decisiones mejor informadas.
No necesita obediencia ciega.
Tampoco rechazo automático.
Necesita comprensión, rigor, honestidad intelectual y disposición para corregir.
Porque comprender antes de corregir también implica estar dispuesto a corregir lo que creíamos comprender.
Sobre el autor
El Dr. Eduardo Chávez es médico venezolano residente en España y creador de Medicina con Coherencia. Divulga sobre fisiología, medicina clínica y estilo de vida para ayudar a comprender mejor el cuerpo y tomar decisiones de salud con criterio.
La salud no se impone, se comprende.
Comentarios
Publicar un comentario