Tu cerebro interpreta la realidad: cómo influyen tus creencias
Hace poco me descubrí haciendo algo profundamente humano.
Estaba observando una obra y pensé:
“¿Por qué tardan tanto?”
En cuestión de segundos, ya había construido toda una historia:
“En Venezuela trabajamos más rápido.”
“Aquí se pierde mucho tiempo.”
“Nosotros resolvemos mejor.”
Y entonces apareció una pregunta incómoda:
¿Cuánto sabía realmente sobre aquella obra y cuánto estaba poniendo yo en la explicación?
No conocía el proyecto.
No sabía si faltaban materiales, si existían dificultades técnicas o si estaban esperando una autorización.
Estaba viendo una pequeña parte de una situación y sacando conclusiones sobre personas, formas de trabajar y países enteros.
Aquello me hizo detenerme.
Observar e interpretar son cosas diferentes
“Durante el tiempo que estuve mirando no vi avanzar la obra” describe una observación limitada.
“Estas personas trabajan mal” es una interpretación.
“En mi país lo haríamos mejor” añade una comparación para la que necesitaría mucha más información.
En la vida cotidiana pasamos de una cosa a otra sin darnos cuenta.
Alguien tarda en responder y pensamos que no le importamos.
Una persona habla poco y concluimos que es antipática.
Un compañero hace algo de otra manera y suponemos que no sabe hacerlo.
La interpretación puede ser acertada.
Pero también puede estar incompleta o equivocada.
Que una explicación aparezca rápidamente no significa que esté bien fundamentada.
Nuestra historia participa en lo que entendemos
No llegamos a cada situación sin experiencias previas.
Tenemos recuerdos, conocimientos, expectativas, costumbres y maneras aprendidas de reconocer lo que nos parece normal.
Todo eso puede influir en aquello a lo que prestamos atención y en el significado que le damos.
Una pausa puede parecer descanso necesario, falta de interés o desorganización, dependiendo de lo que sepamos y de lo que esperemos encontrar.
Por eso conviene matizar una frase frecuente:
“El cerebro no ve la realidad.”
Nuestro sistema nervioso sí recibe información del mundo. La cuestión es que percibir, recordar y juzgar no equivalen a realizar una copia completa e infalible de lo que ocurre.
Además, reconocer un objeto y juzgar las intenciones de una persona son procesos distintos. No podemos utilizar una explicación general sobre la percepción para dar por demostrado cualquier comentario sobre las creencias humanas.
La idea útil es más sencilla:
Nuestra interpretación puede contener información del mundo y también suposiciones que aportamos nosotros.
No necesitamos reducirlo todo a la amígdala
A veces intentamos explicar estas reacciones con una secuencia demasiado simple:
Algo contradice nuestras creencias.
Se activa la amígdala.
Aparece una emoción.
Después, el ego inventa una historia.
Pero no podemos deducir esa secuencia cerebral a partir de una experiencia cotidiana.
La amígdala participa en procesos relacionados con el aprendizaje emocional, la relevancia de determinados estímulos y la memoria. Sus funciones no se limitan al miedo y dependen de sus conexiones con otras regiones. La Biblioteca Nacional de Medicina recoge esta diversidad de funciones.
Tampoco necesitamos presentar el “ego” como una estructura cerebral que toma el mando.
Podemos describir lo que nos ocurre con más precisión:
Sentimos irritación.
Interpretamos una situación.
La relacionamos con nuestra historia.
Y, a veces, defendemos esa interpretación antes de comprobarla.
Cuando una opinión se mezcla con nuestra identidad
En aquella obra, mi pensamiento no se quedó en el ritmo de trabajo.
Apareció un “nosotros”.
Nuestra manera.
Nuestro país.
Nuestra capacidad para resolver.
Una comparación sobre una tarea se había convertido en una afirmación sobre pertenencia.
Esto puede ocurrir con la profesión, la familia, las ideas políticas o las costumbres que hemos aprendido.
Entonces, revisar una opinión puede sentirse como renunciar a algo propio.
Pero reconocer que una comparación era injusta no exige rechazar nuestro origen.
Aceptar que alguien tiene un argumento mejor no borra nuestra experiencia.
Y cambiar de opinión no convierte en inútil todo lo que pensábamos antes.
Podemos conservar nuestra identidad y revisar nuestras conclusiones.
La pregunta que abre espacio
No siempre podemos evitar una primera impresión.
Sí podemos intentar examinarla antes de convertirla en una acusación o una certeza.
En mi caso, habría sido útil preguntarme:
¿Qué he observado directamente?
¿Qué estoy suponiendo?
¿Qué información me falta?
¿Qué otras explicaciones podrían encajar?
¿Qué dato me haría cambiar de opinión?
Esta última pregunta merece atención.
Si no podemos imaginar ninguna información capaz de modificar nuestra conclusión, conviene preguntarnos si estamos investigando lo ocurrido o defendiendo una respuesta que ya habíamos decidido.
Reconocer esta posibilidad no nos vuelve automáticamente imparciales.
Nos ofrece una oportunidad para comprobar mejor.
Comprender otra explicación no obliga a aceptarla
Revisar nuestros juicios tampoco significa que todas las opiniones sean igualmente válidas.
Hay afirmaciones que cuentan con mejores pruebas.
Hay errores que pueden demostrarse.
Hay conductas dañinas que necesitan límites.
Comprender el contexto de una persona no elimina las consecuencias de lo que hace.
En aquella obra podía existir un retraso injustificado. También podía haber una explicación razonable que yo desconocía.
La cuestión era que todavía no tenía información suficiente para distinguirlo.
La incertidumbre no me obligaba a inventar una respuesta.
Podía preguntar.
Podía esperar.
Podía reconocer que no lo sabía.
En medicina también necesitamos revisar nuestras primeras impresiones
Esta reflexión tiene un lugar en la práctica clínica.
Una explicación inicial ayuda a orientar las preguntas. Pero necesita contrastarse con la historia, la exploración y las pruebas que correspondan.
Si atribuimos demasiado pronto un síntoma al estrés, podemos dejar de explorar otras posibilidades.
Si una enfermedad nos resulta muy familiar, podemos intentar encajar en ella datos que merecen otra explicación.
También podemos equivocarnos en sentido contrario y buscar una enfermedad poco frecuente sin razones suficientes.
Por eso importa preguntarse qué apoya una hipótesis y qué la contradice.
La posibilidad de corregir una interpretación forma parte del valor de una ciencia que puede revisar sus conclusiones.
Volver a mirar
No sé si aquella obra avanzaba al ritmo adecuado.
Precisamente ahí estaba la lección.
Había llegado a una conclusión antes de conocer lo necesario para sostenerla.
Mi experiencia podía ayudarme a formular preguntas. No bastaba para juzgar a todas las personas que estaban trabajando allí.
Quizá una forma de pensar con más cuidado empiece por algo tan cotidiano como reconocer:
“Esto es lo que he visto.”
“Esto es lo que estoy interpretando.”
“Y esto todavía no lo sé.”
No necesitamos dejar de tener creencias.
Necesitamos permitir que la realidad las corrija.
Sobre el autor
El Dr. Eduardo Chávez es médico venezolano residente en España y creador de Medicina con Coherencia. Divulga sobre fisiología, medicina clínica y estilo de vida para ayudar a comprender mejor el cuerpo y tomar decisiones de salud con criterio.
La salud no se impone, se comprende.
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