Salud mental e historia familiar: lo que aprendimos de padres y abuelos
Hay familias en las que pedir ayuda cuesta más que seguir agotado.
Otras hablan de cualquier asunto, excepto de lo que sienten. En algunas, una discusión termina en conversación. En otras, termina en gritos o en varios días de silencio.
También hay hogares donde descansar produce culpa y decir “no puedo” parece una confesión de debilidad.
Estas formas de relacionarnos no aparecen de la nada.
Cuando intentamos comprender nuestra ansiedad, el miedo al conflicto o la dificultad para poner límites, solemos preguntarnos:
“¿Por qué soy así?”
A veces merece la pena añadir otra pregunta:
¿Dónde aprendí que esta era la manera de responder?
No porque toda dificultad tenga su origen en la infancia, sino porque nadie empieza su vida fuera de una historia.
Antes de que llegáramos, ya existía una forma de vivir
Nacemos dentro de familias que tienen costumbres, expectativas, recursos y dificultades anteriores a nosotros.
En algunas historias familiares aparecen pobreza, violencia, migración, pérdidas o inseguridad. En otras encontramos estabilidad, apoyo y oportunidades. Con frecuencia conviven ambas cosas.
No todos nuestros abuelos crecieron de la misma manera ni todos nuestros padres recibieron la misma educación.
Pero las condiciones en las que vivieron pudieron influir en lo que consideraban importante enseñar.
Para quien atravesó una escasez prolongada, tener un trabajo estable podía representar seguridad. Para quien aprendió que expresar vulnerabilidad provocaba burlas, hablar del miedo podía resultar difícil.
Esas experiencias pueden ayudarnos a comprender ciertas respuestas. No permiten justificar cualquier conducta ni asumir que conocemos la historia completa de una persona.
Los niños también aprenden observando
La crianza ocurre en las instrucciones que damos, pero también en lo que hacemos.
Un niño observa cómo se recibe un error, qué ocurre cuando alguien llora y cómo se resuelve una diferencia. También ve si los adultos pueden pedir disculpas o si reconocer una equivocación amenaza su autoridad.
Imaginemos un hogar donde cada desacuerdo termina en humillación. Un niño podría aprender que expresar una opinión diferente tiene consecuencias desagradables.
En otro hogar, puede descubrir que disentir no implica perder el afecto.
Son ejemplos posibles, no explicaciones automáticas de la personalidad adulta.
El temperamento, las experiencias fuera de casa, las relaciones posteriores y muchas otras circunstancias también participan.
Lo aprendido en la familia puede influir en nuestras expectativas, pero no escribe por completo nuestra forma de ser.
La adversidad infantil importa, sin convertirse en una sentencia
La violencia, el abuso, la negligencia y otras experiencias adversas durante la infancia se relacionan con un mayor riesgo de problemas de salud posteriores.
Los CDC describen estas experiencias y sus posibles consecuencias sobre la salud y el bienestar.
Pero hablar de riesgo no equivale a predecir el destino de una persona.
No todas las personas expuestas desarrollan un trastorno. Tampoco todas las personas con ansiedad o depresión han vivido una infancia adversa.
Además, una crianza imperfecta no equivale automáticamente a maltrato. Un límite razonable, una frustración cotidiana y una situación de violencia necesitan distinguirse.
Reconocer esas diferencias permite atender el daño sin convertir cada dificultad familiar en un diagnóstico.
El estrés también tiene una dimensión corporal
Ante una amenaza pueden cambiar la frecuencia cardíaca, la respiración, la atención y la actividad hormonal.
Las experiencias adversas repetidas durante el desarrollo pueden influir en los sistemas que participan en la respuesta al estrés.
Sin embargo, eso no significa que todas las personas tengan permanentemente el cortisol alto ni que su organismo quede bloqueado para siempre en un supuesto “modo supervivencia”.
Tampoco podemos deducir una alteración biológica concreta a partir de que alguien tema una discusión.
Decir que “el cuerpo aprende” puede ser una metáfora útil para hablar del aprendizaje y de las respuestas asociadas a ciertas situaciones. No significa que cada síntoma revele una experiencia pasada específica.
Una explicación fisiológica plausible necesita contexto antes de aplicarse a una persona.
¿Heredamos el trauma de nuestros abuelos?
La expresión “trauma generacional” reúne fenómenos que conviene separar.
Una experiencia traumática puede afectar a las relaciones, a la crianza, a la economía familiar y a las oportunidades de la siguiente generación. Esas vías pueden transmitir consecuencias sin que exista una herencia biológica del trauma.
También se investigan mecanismos epigenéticos: cambios en la regulación de los genes que no modifican la secuencia del ADN.
Pero encontrar diferencias epigenéticas entre grupos no demuestra que un recuerdo o una experiencia se haya transmitido mediante los óvulos o los espermatozoides.
La revisión de Yehuda y Lehrner sobre transmisión intergeneracional del trauma explica las dificultades para distinguir mecanismos biológicos de exposiciones durante el embarazo, relaciones familiares y condiciones compartidas.
Los resultados en animales tampoco pueden trasladarse directamente a las personas.
Por eso, afirmar que “llevas el trauma de tu abuela en el ADN” presenta como certeza una explicación que la evidencia no permite establecer de esa manera.
Podemos estudiar la influencia de la historia familiar sin convertirla en una condena genética.
También recibimos recursos
Las familias transmiten dificultades, pero también maneras de cuidar.
Podemos aprender a acompañar a una persona enferma, compartir lo que tenemos, pedir ayuda a un vecino o encontrar humor en un momento complicado.
Mirar nuestra historia únicamente en busca de heridas puede dejar fuera esas experiencias.
Comprender de dónde venimos incluye reconocer tanto lo que nos ha limitado como lo que nos ha sostenido.
El presente también necesita atención
Una persona puede comprender muy bien su infancia y seguir sufriendo por un trabajo inseguro, una relación violenta o la imposibilidad de pagar una vivienda.
No todo se resuelve mirando hacia atrás.
La genética, las condiciones económicas, la violencia, el apoyo social y el entorno laboral pueden participar de maneras diferentes.
Por eso, explicar toda la salud mental actual mediante la crianza de nuestros padres sería insuficiente.
La historia familiar aporta información. El contexto presente también.
Hablar más de emociones no significa diagnosticarlo todo
Disponer de palabras para expresar el malestar puede facilitar que pidamos ayuda.
Pero términos como “trauma”, “apego” o “narcisismo” pierden utilidad cuando se convierten en explicaciones rápidas para cualquier conflicto.
Podemos sentir tristeza sin tener un trastorno depresivo. Podemos experimentar ansiedad ante una situación difícil sin que eso permita establecer un diagnóstico.
Al mismo tiempo, que una emoción sea comprensible no significa que debamos soportar indefinidamente su intensidad o sus consecuencias.
Importan su duración, su evolución y cuánto limita la vida cotidiana.
Como ocurre al hablar de aguantar y perseverar, seguir funcionando no es la única medida de cómo estamos.
Comprender no obliga a perdonar ni a mantener una relación
Conocer las dificultades que vivieron nuestros padres puede aportar perspectiva. Pero su historia no borra el daño que hayan podido causar.
Una persona puede reconocer sus limitaciones y mantener límites firmes.
También puede necesitar distancia o protección.
No es necesario justificar una conducta, reconciliarse o perdonar para comenzar a cuidarse. Tampoco es obligatorio confrontar a la familia para avanzar.
Comprender una explicación y aceptar un trato son decisiones distintas.
Cuando existe violencia, la prioridad es la seguridad.
Cambiar puede empezar por algo concreto
No necesitamos reconstruir todo nuestro árbol familiar para modificar una conducta que nos hace daño.
Podemos empezar observando una situación que se repite:
¿Qué ocurre cuando alguien me lleva la contraria? ¿Qué hago cuando necesito ayuda? ¿Qué me digo cuando descanso?
Después podemos ensayar una respuesta diferente.
Pedir una pausa durante una conversación y acordar cuándo retomarla. Expresar una necesidad sin convertirla en una acusación. Reconocer un error y reparar sus consecuencias.
Estas acciones no resuelven todos los problemas, pero pueden formar parte de un cambio.
Cuando el malestar persiste, limita las relaciones, altera el sueño o dificulta las actividades habituales, conviene buscar valoración profesional. Según el caso, el abordaje puede incluir psicoterapia, tratamiento médico y cambios en las condiciones que mantienen el problema.
Recibir ayuda no exige haber encontrado primero una explicación perfecta.
Podemos criar sin exigirnos perfección
Querer hacerlo de otra manera no significa que nuestros hijos nunca deban frustrarse ni que tengamos que responder siempre con calma.
Podemos poner límites, equivocarnos, pedir disculpas y volver a intentarlo.
Por ejemplo:
“No voy a dejar que pegues. Entiendo que estás enfadado y voy a ayudarte.”
O:
“Antes te grité. No estuvo bien. El límite sigue siendo el mismo, pero puedo explicártelo de otra manera.”
Acompañar las emociones y mantener normas pueden formar parte de la misma relación.
El cuidado también requiere apoyo para quienes cuidan. Una familia agotada necesita recursos y ayuda, además de recomendaciones.
Una historia que podemos seguir escribiendo
Nuestra forma de relacionarnos se construye a lo largo de la vida.
En ella participan experiencias que elegimos y otras que nunca estuvieron bajo nuestro control.
Comprenderlas puede ayudarnos a reconocer patrones, conservar aprendizajes valiosos y buscar alternativas para aquello que nos hace daño.
No podemos cambiar la infancia que tuvimos. Sí podemos encontrar nuevas relaciones, apoyos y formas de responder en el presente.
Nuestra historia influye en lo que nos ocurre. No decide por completo lo que puede ocurrir después.
Sobre el autor
El Dr. Eduardo Chávez es médico venezolano residente en España y creador de Medicina con Coherencia. Divulga sobre fisiología, medicina clínica y estilo de vida para ayudar a comprender mejor el cuerpo y tomar decisiones de salud con criterio.
La salud no se impone, se comprende.
Este artículo tiene finalidad informativa y educativa. No sustituye una valoración médica o psicológica individual.
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