Farmacología con sentido: comprender qué tratamos y para qué
Dolor: analgésico.
Ansiedad: ansiolítico.
Inflamación: antiinflamatorio.
Fiebre: antitérmico.
Son asociaciones que reconocemos rápidamente. Y muchas veces, utilizar un medicamento tiene sentido.
Pero entre reconocer un síntoma y elegir un tratamiento deberían aparecer algunas preguntas:
¿Qué está ocurriendo?
¿Qué queremos conseguir al intervenir?
¿Qué beneficios esperamos y qué riesgos estamos dispuestos a asumir?
Porque una misma respuesta puede ser útil en una situación y perjudicial en otra.
Comprender esa diferencia ayuda a utilizar mejor los medicamentos.
El organismo responde, pero no siempre acierta
La inflamación participa en la defensa y la reparación.
La ansiedad puede prepararnos para responder ante una amenaza.
El dolor puede llevarnos a proteger una zona lesionada.
Sin embargo, reconocer estas funciones no significa que toda respuesta sea beneficiosa ni que cada síntoma tenga un propósito que debamos respetar a cualquier precio.
El organismo no toma decisiones conscientes sobre lo que nos conviene.
Sus mecanismos de regulación pueden resultar insuficientes, desproporcionados o inadecuados para una situación.
También existen enfermedades causadas por infecciones, alteraciones genéticas, lesiones, procesos autoinmunes o degeneración de tejidos. No podemos explicarlas todas como adaptaciones a una vida demasiado exigente.
La fisiología permite comprender tanto lo que nos protege como lo que puede hacernos daño.
Una respuesta protectora puede dejar de proteger
Pensemos en la inflamación.
Su participación en una herida no tiene el mismo significado que una respuesta autoinmune que lesiona una articulación.
En ambas intervienen mecanismos inmunitarios, pero el contexto y las consecuencias son diferentes.
Por eso, como explicamos en el artículo sobre inflamación y salud, no basta con preguntarnos si existe inflamación. Importa dónde aparece, qué la mantiene y qué está produciendo.
Con el dolor ocurre algo parecido.
Puede protegernos, pero también persistir y limitar nuestra vida sin guardar una relación sencilla con el daño de los tejidos. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor reconoce tanto su función habitualmente adaptativa como sus posibles consecuencias sobre la función y el bienestar.
No necesitamos conservar el sufrimiento para demostrar que hemos comprendido su origen.
Los medicamentos hacen cosas diferentes
Hablar de “los fármacos” como si todos cumplieran una misma función nos hace perder precisión.
Una forma útil de ordenarlos es preguntarnos qué objetivo persigue cada tratamiento.
Estas categorías se solapan. Un medicamento puede cumplir más de una función.
Sustituir algo que falta
Algunos tratamientos aportan una sustancia que el organismo no produce en cantidad suficiente.
La insulina en la diabetes tipo 1 es un ejemplo. La destrucción de las células que la producen obliga a administrarla para mantener la vida y controlar la enfermedad. El NIDDK explica por qué las personas con diabetes tipo 1 necesitan insulina.
También ocurre con la levotiroxina en determinados casos de hipotiroidismo o con el hierro cuando existe una deficiencia que requiere tratamiento.
En estos casos, mejorar los hábitos puede formar parte de la atención, pero no reemplaza automáticamente aquello que falta.
Actuar sobre una causa
Un antibiótico adecuado puede tratar una infección bacteriana susceptible.
Un antiparasitario puede eliminar un parásito.
Algunos antídotos neutralizan una sustancia tóxica o contrarrestan sus efectos.
Aquí el tratamiento puede actuar directamente sobre un factor que produce el problema.
Eso exige identificar correctamente la indicación. Un antibiótico no sirve para cualquier fiebre, del mismo modo que un suplemento de hierro no sirve para cualquier cansancio.
Reducir riesgo o modificar una enfermedad
Otros medicamentos buscan evitar un daño futuro o frenar un proceso patológico.
Los antihipertensivos pueden reducir complicaciones cardiovasculares.
Las estatinas disminuyen el riesgo cardiovascular en personas con indicación.
Los anticoagulantes previenen o tratan determinados coágulos, aunque también aumentan el riesgo de sangrado.
Algunos tratamientos inmunomoduladores pueden limitar el daño de enfermedades inflamatorias.
Una persona puede no notar un alivio inmediato y, aun así, estar obteniendo un beneficio importante.
No todos los tratamientos se valoran por cómo nos hacen sentir hoy.
Aliviar síntomas y mejorar la función
También podemos tratar para reducir dolor, picor, ansiedad u otras manifestaciones que dificultan la vida.
Un broncodilatador puede mejorar el paso del aire al relajar el músculo de las vías respiratorias.
Un analgésico puede permitir descansar o participar en una rehabilitación.
Un antihistamínico puede reducir determinados síntomas alérgicos.
El alivio no es un objetivo menor. Puede ser parte esencial de la recuperación o el objetivo principal cuando no es posible eliminar la causa.
Escitalopram: actuar sobre la serotonina no demuestra que faltara serotonina
El escitalopram pertenece a los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina.
Actúa sobre SERT, el transportador que participa en la recuperación de serotonina desde el espacio extracelular hacia la neurona. SERT es un transportador, no un receptor.
Al inhibirlo, modifica la disponibilidad y la señalización de este neurotransmisor.
Pero conocer esa acción no permite concluir que una persona con depresión tuviera previamente un “depósito vacío de serotonina”.
El mecanismo de un tratamiento no demuestra por sí solo la causa de una enfermedad.
Que un medicamento modifique una vía y produzca beneficios no significa que el problema original fuera simplemente una deficiencia de esa molécula.
Además, la acción sobre el transportador comienza antes que la mejoría clínica. Pueden transcurrir semanas hasta que se aprecie una respuesta, y los mecanismos que conectan ambos procesos no se comprenden por completo.
El NHS recoge las indicaciones del escitalopram y explica que la mejoría puede tardar varias semanas.
Tampoco funciona igual en todas las personas. Puede producir efectos adversos, incluidos problemas digestivos, alteraciones del sueño o de la función sexual, que deben formar parte del seguimiento.
¿Una nueva estabilidad temporal?
Podemos utilizar esa expresión como una metáfora: un tratamiento puede ayudar a reducir síntomas y recuperar funcionamiento.
Pero no describe un mecanismo universal ni significa que todos los medicamentos deban utilizarse durante poco tiempo.
Algunos tratamientos permiten superar una etapa.
Otros necesitan mantenerse para conservar sus beneficios.
Y algunos sustituyen de forma continuada una función que el organismo no puede recuperar.
En el caso de los antidepresivos, encontrarse mejor no implica que haya llegado automáticamente el momento de suspenderlos. La duración depende de la evolución, los antecedentes, el riesgo de recaída, la tolerancia y las preferencias de la persona.
Necesitar medicación durante años no demuestra falta de voluntad ni un fracaso personal.
El contexto también forma parte del tratamiento
Un medicamento puede ayudar y, al mismo tiempo, dejar problemas pendientes.
Reducir la ansiedad no resuelve por sí solo una situación de acoso.
Mejorar el sueño con un tratamiento no reorganiza automáticamente unos turnos incompatibles con el descanso.
Disminuir el dolor no adapta las exigencias físicas de un puesto de trabajo.
Por eso interesa conocer cómo vive la persona, qué dificultades afronta y qué intervenciones adicionales podrían ser útiles.
Según el caso, pueden participar la psicoterapia, la rehabilitación, el apoyo social, la adaptación laboral o los cambios de hábitos.
Pero tampoco debemos caer en la explicación contraria: no toda enfermedad se resuelve reorganizando la vida.
El contexto importa sin convertirse en la causa obligatoria de todo.
A veces hay que tratar antes de entenderlo todo
Ante una situación grave, esperar a comprender cada mecanismo puede ser peligroso.
Podemos necesitar aliviar una obstrucción respiratoria, tratar una infección grave o intervenir ante una reacción alérgica mientras investigamos qué la ha provocado.
La asistencia y la investigación pueden avanzar juntas.
Lo mismo ocurre fuera de las urgencias: una persona puede necesitar alivio mientras continúa el estudio de su enfermedad.
Comprender mejor no debería convertirse en una condición que retrase una ayuda necesaria.
Cada prescripción necesita un objetivo y una revisión
Una pregunta especialmente útil es:
“¿Qué esperamos que cambie con este tratamiento?”
La respuesta puede ser reducir síntomas, recuperar una capacidad, prevenir una complicación o frenar una enfermedad.
Después necesitamos comprobar si lo está consiguiendo.
Podemos revisar:
si la indicación continúa presente;
si el beneficio es suficiente;
si han aparecido efectos adversos;
si existen interacciones;
y si conviene mantener, ajustar o retirar el tratamiento.
Revisar no significa retirar por sistema.
Significa evitar que una decisión se mantenga únicamente porque nadie ha vuelto a examinarla.
Cuando corresponde retirar un medicamento, la forma de hacerlo también importa. Algunos necesitan una reducción progresiva o controles específicos.
Aliviar y comprender pueden ir juntos
La farmacología tiene sentido cuando sabemos qué queremos conseguir con ella y evaluamos lo que realmente está aportando.
Puede sustituir una función.
Tratar una causa.
Evitar una complicación.
Frenar una enfermedad.
O aliviar un sufrimiento que merece atención.
Ninguno de estos objetivos exige imaginar que el cuerpo es una máquina perfecta ni una máquina equivocada.
Exige reconocer sus posibilidades, sus límites y la situación de la persona.
En Medicina con Coherencia, comprender los mecanismos sirve para formular mejores preguntas y tomar decisiones más precisas.
Un medicamento puede aliviar, proteger o sostener una función. La atención médica debe acompañarlo con seguimiento y con la búsqueda de las causas que podamos identificar y tratar.
A veces podremos retirar el tratamiento.
Otras veces, mantenerlo será la mejor decisión.
En ambos casos, lo que buscamos es lo mismo: que la persona viva mejor y con menos riesgo.
Sobre el autor
El Dr. Eduardo Chávez es médico venezolano residente en España y creador de Medicina con Coherencia. Divulga sobre fisiología, medicina clínica y estilo de vida para ayudar a comprender mejor el cuerpo y tomar decisiones de salud con criterio.
La salud no se impone, se comprende.
Este artículo tiene finalidad informativa y educativa. No sustituye una valoración médica individual. No inicies, modifiques ni suspendas un tratamiento prescrito sin consultar con el profesional responsable.
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